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Acude a las autoescuelas de Pontevedra y Vilagarcía a hablar con personas que intentan recuperar el carné
El hombre que pone cara a los accidentes de tráfico

Los días de Basilio González deberían tener 26 o 27 horas. O incluso más. Porque se le quedan cortos para la cantidad de energía y cosas que tiene que haccer. Paradójicamente, pese a su actividad desbordante, no va por la vida con prisas. Se sienta a tomar un café y lo hace con calma. Charla tranquilo. Y disfruta de cada momento, informa "La Voz de Galicia"
Dice que aprendió a hacerlo hace 34 años. Corría el año 1982, tenía él 22 primaveras, un futuro prometedor en la hostelería madrileña y muchas ganas de comerse el mundo. Pero el destino, casi siempre caprichoso, lo obligó a cambiar de planes. Un accidente de tráfico le provocó una lesión de médula. Ya no podría andar. Pero sí vivir. Así que se propuso no dejar pasar la vida así como así. Y vaya si lo está consiguiendo.
Como Basilio, café en mano, no esquiva las preguntas aunque se le hagan con bisturí de cirujano, vamos directos a aquel día del accidente. Todo ocurrió en León. Él, que nació en As Neves pero se marchó pronto a trabajar en Madrid, iba al volante de un todoterreno descapotable. Dice que no pasaba de 30 por hora. Dio igual. El coche acabó en un terraplén y él con una lesión medular.
«Me tocó a mí la peor parte, el otro ocupante del coche salió casi ileso», dice. Cuando despertó del coma, tras un tiempo en la UVI -le cambiaron varias veces de hospital, «antes no se sabía que mover a un lesionado medular no era bueno», dice-, le contaron su nueva realidad: «Me dijeron que tuviera un accidente y que no iba a volver a andar. Yo no me lo podía creer porque en las piernas no tenía nada. Al principio no lo aceptas, pero luego ves que tienes que salir adelante y lo haces». Así empezó su nueva vida. Su segunda vida.
Apegado al deporte
Tras un año encerrado en el hospital, haciendo rehabilitación, dejó Madrid y se afincó en Vigo para empezar de cero con su novia y luego mujer. La hostelería ya no era para él. Así que se recicló en un sector en el que, por experiencia propia, era experto. Empezó a trabajar en el mundo de la ortopedia y los aparatos para personas con movilidad reducida. A su vez, se bregó en el deporte. «Estuve preseleccionado para las paraolimpiadas de Seul, en baloncesto y tiro con arco, pero al final no fui», cuenta. En el deporte, nunca dejó de trabajar. Fundó un equipo de baloncesto de personas con movilidad reducida y sigue «practicando todo lo que se puede».
Hace diez años, le hicieron una propuesta. Le dijeron si se atrevería a contar las consecuencias que puede tener un accidente de tráfico a personas que perdieron el carné y acuden a los cursos para recuperarlo. No le gustó demasiado la idea. Pero se aventuró. «Fui, me horroricé y dije que no volvía. Allí había gente que iba bebida, personas que se peleaban, que te insultaban... Un horror», cuenta.
Pero volvió. Vaya si volvió. Lleva diez años recorriendo las autoescuelas de Vilagarcía, Pontevedra, Vigo y Lalín dando charlas. Es sincero. Dice que a veces daría un portazo y no volvería: «Hay gente a la que le quitaría el carné para toda la vida y punto. Son personas que incluso vienen ebrias y que reinciden una y otra vez. Luego también te encuentras a muchos cabreados con la Guardia Civil, con Tráfico... Hay de todo», afirma.
Algunos se derrumban
Pero Basilio, quizás porque tuvo que hacerlo sí o sí con 22 años, es experto en ver el lado bueno de las cosas. Cuenta historias entrañables. Habla de una mujer que estaba en el curso para recuperar los puntos y se derrumbó al escucharle hablar. «Luego me enteré de que hacía poquito tiempo que a su hija le había pasado lo mismo que a mí», señala.
Otras veces, escuchar su historia hace que un piloto rojo salte en la conciencia de muchos conductores: «Ves que les afecta. Hay personas muy sensibles que se dan cuenta de las cosas cuando te escuchan contar que no pudiste volver a andar. En los periódicos salen los accidentes, salen las iniciales de los heridos... Pero luego la gente se olvida. Cuando me ven a mí, cuando me escuchan, ven que hay cosas que son para toda la vida. Y que una multa la pagas y punto. Un carné lo recuperas... Pero esto no hay dinero que lo cambie», dice.
Su narración tiene tanto efecto que a Basilio no dejan de surgirle propuestas. Le propusieron que cuente también sus historias en la cárcel. Pero cree que su agenda ya no da para más. Cuando necesita desconectar, pinta cuadros. Y disfruta; disfruta de esa vida que aprendió a vivir.
Su vida cambió a los 22 años tras un siniestro de tráfico que le dejó parapléjico. Desde hace una década cuenta su historia a conductores infractores Fundó un equipo de baloncesto de personas con movilidad reducida, estuvo preseleccionado para unas paralimpiadas, pinta cuadros y hace poco le pidieron que acuda a las cárceles a dar charlas a presos
Dice que aprendió a hacerlo hace 34 años. Corría el año 1982, tenía él 22 primaveras, un futuro prometedor en la hostelería madrileña y muchas ganas de comerse el mundo. Pero el destino, casi siempre caprichoso, lo obligó a cambiar de planes. Un accidente de tráfico le provocó una lesión de médula. Ya no podría andar. Pero sí vivir. Así que se propuso no dejar pasar la vida así como así. Y vaya si lo está consiguiendo.
Como Basilio, café en mano, no esquiva las preguntas aunque se le hagan con bisturí de cirujano, vamos directos a aquel día del accidente. Todo ocurrió en León. Él, que nació en As Neves pero se marchó pronto a trabajar en Madrid, iba al volante de un todoterreno descapotable. Dice que no pasaba de 30 por hora. Dio igual. El coche acabó en un terraplén y él con una lesión medular.
«Me tocó a mí la peor parte, el otro ocupante del coche salió casi ileso», dice. Cuando despertó del coma, tras un tiempo en la UVI -le cambiaron varias veces de hospital, «antes no se sabía que mover a un lesionado medular no era bueno», dice-, le contaron su nueva realidad: «Me dijeron que tuviera un accidente y que no iba a volver a andar. Yo no me lo podía creer porque en las piernas no tenía nada. Al principio no lo aceptas, pero luego ves que tienes que salir adelante y lo haces». Así empezó su nueva vida. Su segunda vida.
Apegado al deporte
Tras un año encerrado en el hospital, haciendo rehabilitación, dejó Madrid y se afincó en Vigo para empezar de cero con su novia y luego mujer. La hostelería ya no era para él. Así que se recicló en un sector en el que, por experiencia propia, era experto. Empezó a trabajar en el mundo de la ortopedia y los aparatos para personas con movilidad reducida. A su vez, se bregó en el deporte. «Estuve preseleccionado para las paraolimpiadas de Seul, en baloncesto y tiro con arco, pero al final no fui», cuenta. En el deporte, nunca dejó de trabajar. Fundó un equipo de baloncesto de personas con movilidad reducida y sigue «practicando todo lo que se puede».
Hace diez años, le hicieron una propuesta. Le dijeron si se atrevería a contar las consecuencias que puede tener un accidente de tráfico a personas que perdieron el carné y acuden a los cursos para recuperarlo. No le gustó demasiado la idea. Pero se aventuró. «Fui, me horroricé y dije que no volvía. Allí había gente que iba bebida, personas que se peleaban, que te insultaban... Un horror», cuenta.
Pero volvió. Vaya si volvió. Lleva diez años recorriendo las autoescuelas de Vilagarcía, Pontevedra, Vigo y Lalín dando charlas. Es sincero. Dice que a veces daría un portazo y no volvería: «Hay gente a la que le quitaría el carné para toda la vida y punto. Son personas que incluso vienen ebrias y que reinciden una y otra vez. Luego también te encuentras a muchos cabreados con la Guardia Civil, con Tráfico... Hay de todo», afirma.
Algunos se derrumban
Pero Basilio, quizás porque tuvo que hacerlo sí o sí con 22 años, es experto en ver el lado bueno de las cosas. Cuenta historias entrañables. Habla de una mujer que estaba en el curso para recuperar los puntos y se derrumbó al escucharle hablar. «Luego me enteré de que hacía poquito tiempo que a su hija le había pasado lo mismo que a mí», señala.
Otras veces, escuchar su historia hace que un piloto rojo salte en la conciencia de muchos conductores: «Ves que les afecta. Hay personas muy sensibles que se dan cuenta de las cosas cuando te escuchan contar que no pudiste volver a andar. En los periódicos salen los accidentes, salen las iniciales de los heridos... Pero luego la gente se olvida. Cuando me ven a mí, cuando me escuchan, ven que hay cosas que son para toda la vida. Y que una multa la pagas y punto. Un carné lo recuperas... Pero esto no hay dinero que lo cambie», dice.
Su narración tiene tanto efecto que a Basilio no dejan de surgirle propuestas. Le propusieron que cuente también sus historias en la cárcel. Pero cree que su agenda ya no da para más. Cuando necesita desconectar, pinta cuadros. Y disfruta; disfruta de esa vida que aprendió a vivir.
Su vida cambió a los 22 años tras un siniestro de tráfico que le dejó parapléjico. Desde hace una década cuenta su historia a conductores infractores Fundó un equipo de baloncesto de personas con movilidad reducida, estuvo preseleccionado para unas paralimpiadas, pinta cuadros y hace poco le pidieron que acuda a las cárceles a dar charlas a presos


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